En una sola dirección
Camino sin demasiada prisa, el aire es fresco y menos tóxico a estas horas de la mañana. Mis pulmones lo reciben haciendo un hueco entre toda la toxicidad que respiramos a diario, y percibo con agrado, que ahora están menos contaminados que cuando desperté esta mañana .
Decido dar un rodeo y adentrarme por la senda de un pinar, que sobrevive estoicamente al afán destructivo del ser humano. Un ave de talla mediana y de color negro, picotea algo en medio del camino, y al notar mi presencia desaparece entre algunos arbustos cercanos. Mis pasos, sin prisas me acercan, al lugar donde el aquel animal salió espantado al verme y observo, una mancha en el suelo. El color ocre de la tierra sigue predominando y ha teñido la sustancia que allí ha sido
vertida. La contemplo desde arriba y no me acerco demasiado pues me frenan mis escrúpulos, mis pies, y sobre todo mi cerebro, que empieza a divagar y me retiene aquí en este lugar, donde comienzo a sentir frío.
Ahora el corazón empieza a bombear más deprisa, es la respuesta a el temblor de tierra, que perciben las plantas de mis pies a través de mis zapatillas de deporte, y al miedo ¿De dónde proviene el miedo? Petrificada, contemplo como la mancha en el suelo se extiende hasta tales dimensiones en las que ahora, hace imposible continuar por el sendero. Acorralada, me inclino levemente y sin saber el que, busco con la mirada en la superficie del acuoso líquido. Mis pies siguen temblando y entre las ondas sísmicas, como si de un espejo roto se tratase algo empieza a suceder; Una figura encapuchada, prende fuego a lo que parece ser un mapa, las llamas se abastecen , avanzan sin piedad por el habitat, el hogar de incontables seres que despavoridos, indefensos y heridos se clavan en mis retinas. Parece como si alguien al otro lado se burlara de todos ellos, de su desgracia y de mi impotencia.
Mi garganta seca por la ansiedad, se hidrata con pequeños sorbos de lágrimas, que desearía pudieran transformarse en lluvia, y apaguen la marea de fuego y destrucción que está arrasándolo todo “Lágrimas que calman, aunque no siempre” pienso cobardemente. La locura se ha desatado dentro de mi ser, y me hinco de rodillas delante de este macabro espejismo. Mi negación ante el dolor, me hace gritar, arrojar piedras sobre el paisaje negro y cubierto de ceniza, humo y sufrimiento. En un último intento de huir de todo aquello, me lanzo sobre el, no sé si dispuesta a hundirme o a salir a flote y hacer que esa espeluznante mancha desaparezca.
El pájaro negro ha vuelto, siento sus picotazos en mi mano, a la vez que poco a poco recupero algo de la consciencia perdida. Mis ropas están mojadas y adheridas a mi cuerpo, que no puede desprenderse de la árida y rasposa tierra en la que reposa. Me siento incapaz de hacer que mis músculos se muevan, y con la mirada fijada en una única dirección, soy testigo de como una primera estrella, deseosa de destacar entre las demás brilla, en un cielo que aún se asemeja a un algodón de azúcar.
“Solemos pensar equivocados, que no hay lugar para la muerte. La cubrimos como algo sucio y vergonzoso, cuando realmente es el momento culminante de la vida, la coronación, aquello que le da valor y sentido.”
©Vanessa Belizón

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