La llovizna
En la mesa, en un bolsillo de la bata, en el baño, en el bolso, en el coche (con la excusa de por si acaso…). Es tan sencillo como pulsar un botón y puedes silenciar el mundo. Abro la ventana otorgando a mis oídos el deseo de escuchar el piar de los pájaros. Bajo la llovizna del mes de enero, el gorjeo de una paloma que pasaba por allí se coló entre los barrotes.
El bolígrafo, comienza a emborronar de nuevo las páginas blancas e impolutas de una libreta que está a punto de llenarse. En poco tiempo tendré que hacerme con una nueva, pienso. Un pequeño relato queda atrapado en el papel y encerrado en el cajón. Mañana puede que vuelva a respirarlo.
Observo que el cardenal de la mano, comienza a tornarse de otro color; el rojo cereza y el verde aceituna se mezclan debajo de la deshidratada piel, y fluyen hermanados por mis venas. He mojado el pincel con una tonalidad azulada y al verlo entre mis manos, descubro que en su conjunto, los tres pigmentos puede resultar evocadores ¡Manos al lienzo! , exclamo soltando el pincel. Dentro de tres semanas colgará de una de las paredes de la sala de tratamientos, tal vez consiga que los ojos de Patricia, se cierren un poco más tarde ese día por el efecto de los calmantes.
Las uñas de mis dedos aún están manchadas por algún resto de pintura acrílica, me doy cuenta de ello al pasar alguna de las últimas páginas del libro, que escribió mi compañera Ali. En cuanto lo termine haré una reseña. Me gusta reseñar la mayoría de los libros que leo, aunque todas mis reseñas no las ponga por escrito. Muchas quedan en mi cabeza, pero cierto es que, aquellas obras que logran emocionarme (lo cual no significa hacerme llorar), merecen algunas páginas llenas de palabras escogidas, y las cuales pasan a tener un significado, el que yo les doy.
Opinar es un ejercicio sencillo, puedo opinar de un libro, una obra, de casi todo y utilizar para ello, una escueta frase de no más de tres palabras. La creatividad construye los cimientos de lo verdadero, lo genuino, de lo sentido, de aquello anhelado, lo llorado. El último capítulo del libro aparece ahora ante mí, pidiéndome una respuesta de la cual podría librarme pronunciando un monosílabo. La pena no la merece nadie y la alegría solo unos pocos, me respondo a mí misma.
Tomo un lápiz y en una servilleta de papel esbozo un árbol, que contiene un solo fruto entre sus ramas. Le hago una fotografía y la subo a las redes sociales, liberando de esta forma al relato que ayer encarcelé en el cajón del escritorio. Poco después mi teléfono ha comenzado a sonar, alertado por personas que en su mayoría, ni siquiera conozco. Aprieto el botón y silencio al mundo. Me silencio.
©Vanessa Belizón

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