Lo nunca imaginado
Deslizo el pequeño peinecillo rosa entre
el pelo de Nancy. La televisión, aunque
muda, sigue encendida en la sala sin que nadie le preste atención. Lola está
sentada en el sofá y mamá, desde hace un rato, se ha acomodado junto a ella. No
dejo de mirarlas a ambas, sobre todo a mamá. Estoy deseando que le dé permiso a
mi hermana para poder levantarse a jugar. Parece que el tiempo no pase y,
aunque suelo ser tranquila, empiezo a impacientarme. Finalmente Lola pide
permiso para levantarse, me levanto del suelo y ocupo su lugar.
ꟷNo te vayas
aún, quiero que me digas qué tal lo hago.ꟷ Mamá sonríe y se sienta a mi lado.
Tras unos minutos en los que me divertía
bastante, mi hermana regresa al salón y pide merendar. Estaba tan entusiasmada que ni siquiera me acordé hoy del bocata de
mortadela, pienso fastidiada por la interrupción.
A
Lola le gusta incordiarme y se acerca a mi lado interrumpiéndome a cada
palabra, tapándome los ojos ¡Y hasta me llama mentirosa! Al menos me tranquiliza
que mamá no le dé la razón. Mi hermana nunca quiere compartir sus cosas y le
fastidia cuando le obligan a ello.
Todas las noches, cuando compruebo que
Lola duerme, enciendo la lamparita de la mesilla y saludo a “Feo”, “Cerdito”,
“Oca” y “Conejo”. Me divierto observando cómo nadan por el lago, pasean por el
bosque, se meten en el barro e, incluso, en alguna ocasión, he recorrido los
pasillos de alguna madriguera con mi amigo Conejo. Me encanta recolectar setas
y brotes, sentarme en el viejo y seco
tronco abandonado a esperar que Feo, como todas las noches, aparezca en el lago
transformado en un hermoso cisne.
La cama de mi hermana estaba ya vacía
cuando he despertado esta mañana. La luz de la mesita también se encuentra
apagada. Los sábados no hay prisa por levantarse. Doy un salto de la cama cuando,
hasta mi nariz, llega el olor del pan tostado que proviene de la cocina. El libro
que dormía entre mis mantas cae al suelo quedando abierto por la última página
y dejando ver la imagen de mis personajes favoritos. Debajo de ellas hay letras
y más letras. No sé sus nombres y mucho menos qué significan.
Hoy, a la salida del colegio, estaba
esperándonos la abuela y, al verme, me ha dado un beso cariñoso en la frente y
me ha preguntado qué llevaba bajo el brazo. Se
llama “El país de las letras”, abuela, le he contestado enseñándole la
cartilla de lectura entusiasmada. Me ha pedido entonces que, al llegar a casa,
le enseñe más sobre el libro que estudiamos en la escuela. Nada más llegar nos
hemos sentado en la mesa de la cocina. Lola está junto a nosotras, pero no
presta demasiada atención.
ꟷEsta es la
reina del país de las letras y se llama “a” y este es el rey “u”, cuando la
reina y el rey juegan a saltar a la comba, podemos leer la palabra uva.ꟷ Que es
lo que vamos a tomar de la nevera para merendar, dice la abuela muy contenta y sonriente
tras escucharme.
ꟷEso es
demasiado fácil, toma mi libro y a ver cómo lo haces.
Nunca había conseguido leer el cuento de
Lola, ni siquiera había conseguido leer el cuento de Feo. Mi imaginación
siempre me ayudaba a recrear cientos de historias.
Tomo el libro entre mis manos y decido
intentar unir las letras unas con otras. Sin saber muy bien cómo, empiezo a pronunciar
algunas palabras que forman algo llamado frase. La pequeña y los tres ositos… Lola y la abuela aplauden y gritan
entusiasmadas y yo corro a mi habitación a por mi cuento favorito.
Por primera vez, al abrirlo, centro mi
atención en las palabras que llenan sus páginas, las cuales nunca había podido interpretar
y que ahora cobran sentido. Me doy cuenta de que mi amigo el cisne es más
hermoso aún de lo que yo había logrado imaginar. Me siento la más feliz de
todas las niñas.
©Vanessa
Belizón

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