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Muñecos de trapo

 Muñecos de trapo



     No sé muy bien cuánto hace que me he dormido. He venido al parque a caminar y al poco rato como era de esperar, me he sentado a descansar en el primer banco libre que me he encontrado. El sol, aunque confortable, me penetra  en los ojos y con el más normal de los instintos cierro los parpados y en ese momento, ha comenzado mi inconclusa siesta. No me apetece levantarme de donde estoy, las mayas con las que me he vestido,  resultan demasiado incómodas y los calcetines tobilleros que llevo, tienen la liguilla dada de sí y se bajan hasta dentro de las zapatillas de correr (con las que nunca corro). Se me clavan en la planta del pie y me hacen daño. 

     A apenas dos metros de mí hay una niña pequeña sentada en la arena jugando.Tiene una muñeca tirada a su lado a la cual, no presta demasiada atención. No comprendo demasiado porque cuando un niño sale a jugar al parque, va a la playa o simplemente a pasear con sus padres, tiene que ir siempre acompañado de un objeto material. A veces es un juguete y otras una máquina o un cacharro electrónico del que nunca se separan. Cuando yo salía a la calle a jugar, lo hacía con las manos vacías, rara vez íbamos con nuestros cacharros fuera de casa, exceptuando una comba, una bicicleta o algo similar. Con el resto de tiestos y muñecos, jugábamos en la casa. Cuando era pequeña, una de las mayores ilusiones era ir a casa de una amiguita a jugar con sus muñecas, o que tu amiguita fueran a la tuya y tomar de merienda pan con chocolate ¡Esa es otra! Ahora los niños, meriendan dulces y chucherías ¡No saben ni lo que es un bocata de chorizo! La pequeña que jugaba en la tierra se ha acercado hasta donde estoy, se ha agachado a mis pies a recoger una piedrecita, cuando me ha visto me ha sonreído y me ha dicho ¡Hola! Se ha marchado corriendo y se ha sentado en el suelo de nuevo. La muñeca sigue en el mismo sitio, bocarriba y con la mirada perdida en el cielo.

     También muy cerca, debajo de un árbol, hay una señora no demasiado joven, ni demasiado mayor en apariencia. Está sentada en la famosa posición de “La flor de loto”, al menos eso creo, yo nunca he sido ni muy espiritual, ni demasiado mística. Me eduqué en un colegio de monjitas pero en casa, a menudo, escuchaba a mi padre decir, que la iglesia no era más que un cuento y los curas, unos estafadores. A pesar de eso hice la comunión y aunque años más tarde, me enfadé con Dios por llevarse a mi abuela y deje de creer en él, la vida para mí ha dado tantos giros inesperados, que un buen día decidí de que lo único que podía ayudarme a no desesperar, era hacer las paces, con el que fue mi padre espiritual y tener fe en él, en su palabra. Bienvenida sean las iglesias, templos y cualquier cosa, que haga sentirse bien o llene de esperanza, a aquel que lo necesita para seguir viviendo. La pequeña geóloga que me visitó en mi banco hace un momento, ahora se ha acercado a la mujer buda, y la ha despertado del trance. Ahora las dos están con las piernas cruzadas y los brazos a la altura de la cabeza. La pequeña buda abre los ojos de vez en cuando y sonríe divertida. 


     Aunque no tengo sueño cierro los ojos de nuevo, esperando que algún rayito de sol me dé un beso en las mejillas. Dos personas discuten acaloradamente muy cerca, me temo que con este entorno gris que se ha formado de repente, mis mejillas se queden sin ser besadas. Como sospechaba la mal avenida pareja se detienen justo delante de mí, interpretando sin duda una de las mejores escenas de “Bodas de sangre” del gran poeta lorquiano. En el parque se cierne el silencio y el gentío se reúne alrededor de ellos interponiéndose delante de mí y del que ha sido mi palco de honor hasta entonces. La señora que se sentía flor de loto, deja de serlo, se reúne con el resto de curiosos a contemplar el bochornoso espectáculo. De pronto y sin disimular en absoluto sus intenciones, la pequeña geóloga aparece en escena y con sus graciosos andares de pato, se acerca a la pareja, saca de su bolsillo una piedrecita y con una gran puntería golpea en la cabeza a “Leonardo” uno de los protagonistas. La multitud ríe a carcajadas, y es entonces en ese momento, cuando los dos amantes avergonzados, huyen cada uno en una dirección distinta. El tumulto de espectadores comienzan entonces a aplaudir al amor o al desamor, quién sabe. Vuelve el ruido de la muchedumbre, de los niños jugando, del agua de la fuente donde habitan las carpas y calman su sed los gorriones. Aquí en el banco sentada, percibo que ya nada es como al principio ¡Amor egoísta que todo lo cambia y con todo arrasa! Me levanto dispuesta a continuar la caminata, a pesar de que el fastidioso calcetín sigue haciéndome daño en la planta del pie. 


©Vanessa Belizón 


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